Entre caciques, gurús y cacaos

 

Erik Martínez Rodríguez*


La historia empresarial de nuestro país puede trabajarse desde diferentes aristas, se deben tomar diferentes puntos de vista y hasta debe ser documentada desde la óptica política y social del momento. Pero, ¿cómo era la estructura empresarial del siglo XIX en Colombia?, ¿qué papel cumplen los extranjeros en el desarrollo empresarial de la nación?, ¿por qué no fue posible una industrialización amplia y duradera?

Estos cuestionamientos nacen inevitablemente de mi aprendizaje y ejercer como economista y negociador internacional, preparación académica que me empuja a encender mi olfato para el dinero, el poder que supone estar en el sector privado y hasta generar un análisis sensato de la interacción de mis dos pasiones eternas, al alta economía analítica con la política estratégica y coyuntural; dos aspectos que responden y trabajan para unos intereses, tal vez una lucha entre pobres y débiles contra ricos y poderosos, o simplemente el fluir de una parte de la historia patria poco contada y en ocasiones, desconocida.

Para empezar debemos hacer una ubicación más o menos sensata de los pensamientos que se configuraban en la época respecto a la implicación de generar riqueza, acumular un capital, tener un porvenir acomodado o simplemente incrustarse en el orden social de forma tal que la clasificación social se hiciera más que evidente.

Debemos empezar por un testimonio de la época realizado por una persona externa a nuestra sociedad que veía de forma objetiva, analítica y evidentemente critica el comportamiento o idiosincrasia de la sociedad colombiana, a mi modo de ver aún vigente en su configuración general exceptuando algunos cambios producidos por la sociedad de consumo, la urbanización desenfrenada y la explosión demográfica.

De las clases media y alta no se puede afirmar que sean bonvivants. Los pocos extranjeros respetables y cerca de tres o cuatro bogotanos son los únicos individuos que encajan con mis ideas de comodidad en la ciudad. El gran cuerpo de la comunidad está compuesto de pobres miserables; y si en el curso de un golpe de suerte, sea en el comercio, el juego y otra actividad, un individuo se enriquece, seguirá viviendo en las mismas condiciones que antes, así sean sucias. Cambiará su ruana por una capa de paño grueso y el sombrero de fieltro por uno de paja de alas caídas y tendrá un buen caballo; pero en cuanto a su hogar, ninguna comodidad real servirá de indicio de su riqueza. En verdad, la palabra confort, en su verdadero sentido y aceptación general, no se encuentra en su vocabulario. (Iriarte, 1999)


El fragmento anterior me demuestra que, así como pasa en la sociedad actual, en la Colombia de antaño tampoco se consideraba al dinero como factor de clase, de pensamiento progresista y mucho menos de un cambio de forma de vida. Me reafirma que en algunas capas de la sociedad se consagra el pensamiento de que, dinero se traduce en cómo nos vemos como unidad y no como nos sentimos en comunidad, dinero no se traduce es ostentaciones de apariencia sino en un estado mental de comodidad y tranquilidad.

Pero la idiosincrasia trascendía de aparentar y se trasladaba a un nuevo problema, si no se mejoraba el estilo de vida como generalidad de actos y costumbres al captar mayor ingreso (incluso acumulando el mismo) ¿A dónde iba a parar todo el dinero restante luego de acicalar la apariencia? Un viajero francés nos ayuda en este sentido contándonos.

La costumbre que antes tenían muchos habitantes del país, de esconder el dinero, proviene de diferentes causas que se explican
fácilmente; los dueños de grandes fincas, que vivían por lo general con gran sencillez, mantenida por el alojamiento o el desconocimiento de los goces que procura a la gente rica el refinamiento de nuestra civilización europea, acumulaban improductivamente gran parte de sus rentas, porque el espíritu de empresa no había llegado, como hoy, a los rincones más apartados, los  medios cómodos y variados de hacer fructificar los capitales; uno de los medios era el colocarlos en los empréstitos del Estado o confiarlos a las empresas particulares; otros enterraban sus ahorros o sus riquezas para ponerlos a salvo no solo del ladrón vulgar, sino de las extorsiones tan frecuentes de las bandas armadas durante la guerra de la Independencia, primero, y después, durante las frecuentes guerras civiles, que desgraciadamente no han cesado todavía en muchas de estas jóvenes repúblicas de América. (Iriarte, 1999)

Espectacular lo evidenciado, ya sabemos desde donde data la preconcepción de esconder, mantener en secreto y disimular el dinero que tenemos; al parecer, se practicaba con total tranquilidad eso que se dice en la actualidad y que alguna vez escuche en un medio de comunicación, “a algunos nuevos ricos les da pena ser ricos”. No se trata de ostentar, de creerse más que otros o actuar con indiferencia ante los demás, sino encontrar una tranquilidad mental que le permita no envidiar, no preocuparse por lo que los otros vean y actuar con sencillez.

Sencillez, entendido como la posibilidad de sentirse igual a los demás, sin prepotencia ni creencia de superioridad. También existía de esto en esa Colombia de Belle Époque de la que hablamos y que se presenta fascinante. Veamos este fantástico testimonio del mismo ciudadano francés en la capital colombiana.

Como en el país no hay prejuicio alguno que considere como más o menos honroso ejercer el comercio, algunas de las personas que se dedican a él desempeñan a la vez cargos oficiales y son grandes figuras políticas; por ejemplo, en 1830 conocí al doctor Borrero, hombre de gran mérito y honorabilidad incontestable, que había sido sucesivamente miembro del Congreso, presidente del mismo, ministro de Relaciones Exteriores y que al día siguiente de haber presentado la dimisión de este último cargo vendía en su tienda telas midiéndolas el mismo con una cara en la mano. (Iriarte, 1999)

Increíble, ¿Como un ciudadano distinguido por su servicio público puede entregarse a tan sencillos labores? Bueno, muestra de sencillez, y pienso que sucedería si eso sucediera en la Colombia actual; pues no imagino al presidente Juan Manuel Santos vendiendo empanadas en la Calle 51 con Carrera 9ª donde estudió luego de ejercer su presidencia, o a Álvaro Uribe vendiendo armas con permiso amañado de INDUMIL en un local del centro de la capital, sobretodo el que tanto le gusta la guerra y la confrontación bélica, ver a Vivian morales y Carlos Alonso Lucio vendiendo biblias y artículos religiosos en sociedad con Alejandro Ordoñez o a José Obdulio Gaviria vendiendo tinto y agua aromática de comercio en comercio. ¡NO! Eso no puede suceder, la clase política dirigente ahora se aferra a la silla y solamente la rotan cuando tienen trono de rey mono nuevo donde acomodar sus posaderas.

Pero, al revisar bibliografía mi curiosidad deliberada se centró en un apartado del mismo texto en el que, el dinero cambia de papel; pasando de medio para conseguir cosas y comodidades a una condición inherente para que algunas familias de conseguir liquidez, préstamos hasta de pronto impagables en condición de que, el susodicho pudiera seguir en contacto con la inocente y hermosa niña de la casa.

Por no haber industrias suficientes productivas aparte el comercio ya muy limitado, sucede que gran número de familias de la clase media vive con estrechez; así es como la miseria mala consejera, hace que algunas madres no solo cierren los ojos a las intrigas de sus hijas, sino que hasta a veces las favorezcan para sacar algún provecho. Esto hace que haya infinidad de muchachas que ayudan a los gastos de la casa con el producto de la liberalidad de sus amantes, que suele estar regulada por una especie de pacto traducido generalmente en el pago de una cantidad semanal. Al extranjero recién llegado se le recibe por todo el mundo con cordialidad, pero naturalidad está acogida la encuentra siempre con más facilidad por parte de las familias de la clase a que acabo de referirme; y cuando cree, en su inexperiencia, que esas atenciones se deben única y exclusivamente a su mérito personal, un buen día recibe una carta,que en términos tiernos y melosos el lindo pimpollo en cuyos ojos se ha estado mirando acaso más de lo debido, le ruegue que le preste algunas onzas; si las da cae de lleno en el engranaje de una relaciones desagradables, desde el punto de vista moral. (Iriarte, 1999)

Hablando de industrias suficientes y de iniciativas empresariales que contradijeron en cierta manera la forma de actuar de una parte de la clase media de la época, que le permitiera estabilizar sus finanzas y crecer económicamente sin necesidad de aferrarse a los ingreso de un futuro yerno, debemos revisar la labor empresarial de los extranjeros en nuestro país en retrospectiva y de forma constructiva siendo uno de los objetivos centrales de este escrito.

Los empresarios extranjeros fueron particularmente prominentes en Colombia a comienzos del periodo republicano. Durante los veinte aventureros ingleses, de manera especial, afluyeron en grandes cantidades. Todos aparentemente con la esperanza de encontrar su propio Dorado. En las guerras de independencia unos 4.000 soldados de las Islas Británicas habían venido a pelear al lado de los patriotas; un buen número de los oficiales se quedaron en Colombia para iniciar varias empresas. Sin embargo, todavía más importantes en las actividades económicas fueron los muchos comerciantes que vinieron de Inglaterra, Jamaica y los Estados Unidos y se establecieron en la mayoría de los puertos colombianos algunos de ellos mucho antes de que los ejércitos españoles fueran arrojados del territorio. (Safford, 1977)

Al respecto, Safford nos dice:

Con excepción de las aventuras en el campo de la agricultura en el negocio de la importación y exportación, la mayor parte de las industrias británicas fracasaron completamente. En algunas ocasiones se vieron afectadas por problemas políticos. El siglo XIX se caracterizó en Colombia por agrias y constantes disputas políticas entre conservadores y liberales, que desembocaron en tremendas conmociones o en guerras civiles, como ocurrió en 1828-1831, 1839-1842, 1851-1854, 1860-1863, 1876,1885, 1895 y 1899-1903. (Safford, 1977)

Y aparece la guerra, la confrontación entre godos y liberales, entre clanes tradicionales que impidieron la estabilización de la industria, el crecimiento de las mismas y por ende, el desarrollo de la nación. Literalmente, vivimos el siglo XIX de pelea en pelea a sangre y fuego. No supimos preservar las iniciativas empresariales y mucho menos, generar estimular a los empresarios en este caso extranjeros para que echaran raíces e hicieran un país mejor para todos.

Pero también no podemos asumir a los extranjeros como meros mártires de una nación naciente, en formación y evidentemente inmadura. Los extranjeros gozaban de unas comodidades de las que nadie podía tener.

Durante la mayor parte del siglo XIX los extranjeros disfrutaron de una posición genuinamente privilegiada durante el tiempo de guerra. Los tratados que se habían firmado con Inglaterra y otras potencias después de 1820, por medio de los cuales se excluía a los extranjeros residentes del servicio militar obligatorio y de préstamos forzosos, así como de muchos impuestos regulares, fueron cumplidos al pie de la letra. (Safford, 1977)

Y no se detiene en ese punto, los privilegios continúan.

Con pocas excepciones, la propiedad de todos los habitantes extranjeros fue considerada intocable durante los tiempos de guerra civil. Esto era tan notorio que en la segunda mitad del siglo XIX se generalizó la costumbre, entre los colombianos, de poner sus propiedades bajo tutela de los extranjeros, en muchos casos mediante la cesión formal a estos por el tiempo que durara la guerra. (Safford, 1977)

Testaferro, creo que a muchos colombianos se nos hace muy conocida esta figura, con fines legales o ilegales siempre vista como una forma aventajada de conseguir ciertos privilegios. A pesar de estas condiciones privilegiadas no se contempló la posibilidad de generar un racismo, un rechazo y mucho menos un señalamiento abusivo de los colombianos ante la presencia evidente de los empresarios extranjeros a pesar de su suerte y su capacidad de pasar de empleados a empleadores en pocos años estableciéndose con total tranquilidad dentro de la crema de la sociedad.

Pero los negociantes extranjeros era generalmente bien recibidos por las altas clases bogotanas. A causa de sus instrumentos culturales, muchos extranjeros que llegaron a Colombia con muy poco capital, bien pronto adquirieron importancia en el mundo de los negocios y llegaron a pertenecer a las clases altas del país. El tránsito de empleado o artesano a capitalista, en el corto espacio de diez años, era un camino familiar para aquellos buscadores de fortuna que llegaron a Bogotá, y en general a Colombia, durante el siglo XIX. (Safford, 1977)

Sin embargo, ¿Que sucedía con las clases bajas? ¿En realidad existía una cultura de la pereza generalizada dentro de esta clase social?

La supuesta indolencia de las clases bajas se atribuía muy a menudo a una tradición de maltrato patronal o a los salarios que eran demasiado bajos para producir cualquier incentivo para trabajar (…) Charles Biddle sostenía que los trabajadores norteamericanos no serían capaces de hacer el trabajo de un granadino ni aunque se le pagará el doble. (Safford, 1977)

Dicho por un extranjero y evidenciado a lo largo del transcurrir capitalista se hace evidente que así como ahora, si no se genera el estímulo y el ánimo dentro de los empleados es muy difícil que estos se comprometan con el desarrollo de la compañía y con los intereses de la misma. Muestra a su vez, que la industrialización de la época basada en la explotación laboral, niñez y demás; que por supuesto si era evidente en Estados Unidos y Europa en casos emblemáticos conocidos por todos, tampoco les llegó a los colombianos, o al menos no del todo.

Pero debemos hacer un alto en el camino, no todo eran mieles y éxitos para los empresarios extranjeros que sorteaban cada vez con mayor habilidad el atrasado pensamiento político del país donde primaba la confrontación sobre las razones. El fracaso de los empresarios extranjeros no solamente se atribuye a este aspecto sino a una pre concepción equivocada que tenían de nosotros.

Muchos de los primeros empresarios extranjeros fracasaron no tanto por razones culturales o políticas, como por razones puramente económicas. Los inversionistas y gerentes extranjeros, influidos por el mismo espíritu de optimismo que caracterizaba a la mayoría de inversionistas británicos en toda América Latina recién independizada, habían sobreestimado en mucho el potencial económico inmediato de Colombia. Era ampliamente aceptado por los ingleses y norteamericanos que Colombia era un país rico, que había sido mantenido en la pobreza por la equivocada política colonial española. Al sobrevenir la independencia, se creyó que los impulsos naturales de la producción serían liberados. Sin embargo, durante los veinte y treinta muchos empresarios extranjeros del país eran bastante estrechos. (Safford, 1977)

Preconcepción irresponsable a mi parecer, pretender que un territorio que si bien era mal administrado por la corona española con su independencia iba a adquirir por ósmosis el pensamiento capitalista progresista de la época era una verdadera equivocación, un optimismo desenfrenado que emanaba de la gran nación sur americana que éramos en la época enamoró perdidamente a los extranjeros que llegaron y que no establecerse en el territorio iban a ver florecer sus sueños como aún sucede con varias multinacionales que al llegar a Colombia pretender tener todo servido en bandeja de plata. Además asumiendo que, para la primera parte del siglo XIX éramos considerado ¡un país rico! habrase visto tan irresponsable diagnóstico macroeconómico.  

Pero revisemos la labor de las empresas nacionales y verifiquemos algunos rasgos de nuestro pensamiento actual.

El interés de la elite tradicional y terrateniente de Bogotá en el ramo manufacturero no será quizás sorprendente, si esa se considera la tendencia de los terratenientes europeos a operar como pioneros en el establecimiento de siderúrgicas y algunas ramas de la industria manufacturera. Sin embargo, en el caso de Bogotá, muy pocas de estas industrias estuvieron asociadas con las haciendas. La mayor parte de ella eran empresas urbanas radicadas en las cercanías de Bogotá, en donde los servicios de agua,  mano de obra y un conveniente mercado eran de fácil acceso. (Safford, 1977)

Teníamos pocas industrias de extracción y por ende, aún más pocas compañías de transformación de materias primeras, problemas estructurales que impiden el crecimiento y el desarrollo empresarial. Pero aún más grave que el atraso de pensamiento también el débil proceso de fortalecimiento en capital e infraestructura era paupérrimo.

Las fábricas establecidas en Bogotá  entre 1821 y 1860 eran modestas en  comparación con los establecimientos europeos y norteamericanos. El capital aportado en las fábricas más grandes no pasaba de $50.000. Esta inversión, medida en dólares, era más pequeña que las hechas en las fábricas contemporáneas en los Estados Unidos. Además, este capital compraba mucho menos equipo en Bogotá, por el alto costo de transporte de maquinaria a lomo de mula (o al hombre de equipos de cargadores indígenas cuando las piezas tenían un peso mayor a 250 libras) por los empinados caminos de Honda a Bogotá. (Safford, 1977)

Definitivamente era atraso de pensamiento era proporcional a un atraso técnico que era visible a simple vista al comprar el capital aportado por las empresas más grandes de Colombia que de forma comparativa representaban el capital de las compañías más pequeñas de Estados Unidos, simplemente imposible competir con esas condiciones de capital; y ni hablar de la infraestructura, a lomo de mula o con un ejército de indígenas por trocha.

Pero para este mismo lapso de tiempo (1821 – 1860) no teníamos el emblemático Banco de Bogotá o el Banco de Colombia fundados en 1870 y 1875 respectivamente. ¿Quiénes podían proporcionar capital a las empresas que no fueran las comunidades religiosas, la iglesia católica o inversores capitalistas que no eran abundantes? – Afortunadamente tenemos un testimonio muy diciente de la época, el génesis de una banca inexperta e irresponsable. Veamos.

La banca, por ejemplo, se desarrolló en suelo nativo. Uno de los primeros y más importantes experimentos bancarios fue un establecimiento en Bogotá, entre 1839 y 1841, de una  “casa de cambios y descuentos”. Este banco comercial, relativamente primitivo, fue fundado por Judas Tadeo Landínez, negociante y político de la atrasada ciudad de Tunja. No es claro cómo pudo Landinez concebir este proyecto. No parece que el haya visitado Europa o a los Estados Unidos antes de fundar su establecimiento por, lo tanto,  su previa experiencia en el negocio de la banca no podía residir en otra cosa que en simples préstamos de dinero. En todo caso sus operaciones, aunque muy complicadas, nunca se caracterizaron por un alto grado de organización. (Safford, 1977)

Un verdadero avivato es lo que tenemos frente a nuestros ojos, muestra definitiva del desorden y la astucia mal usada. Pero sigamos construyendo este fragmento histórico, su modus operandi y su final catastrófico; pues obviamente no terminara nada bien.

Landinez simplemente emitió billetes comerciales bajo su nombre, los cuales circularon a la par con las monedas de plata, pues logró establecer un crédito muy sólido por medio de pagos rigurosamente puntuales, lo que era entonces una verdadera novedad en Bogotá. Ayudado por un préstamo de $450.000 de Antioquia, las operaciones de Landinez adquirieron, una escala considerable. Durante el año 1841 Landinez llevó a cabo transacciones que comprometían a gran parte de la propiedad raíz que rodeaba a Bogotá dentro de un radio de 100 millas, comprando haciendas, casas, acciones de fábricas y otras compañías a precios y tasas de interés inflados, para luego venderlas de nuevo. Las especulaciones de Landinez escaparon rápidamente da su control, y llegó la quiebra con obligaciones por más de $2’000.000 y solamente $500.000 en activos. Con esta quiebra de Landinez casi toda la élite de Bogotá quedó arruinada temporalmente, y las propiedades que no se perdieron directamente en la quiebra de Landinez, se perdieron en complicados procesos legales. (Safford, 1977)

Problemas legales para el remate de propiedades, crisis de un sector de la economía (finca raíz), deudas impagables con un patrimonio despilfarrado, manipulación de activos. Me parece haber visto un escenario similar hace unos años bajo la sombra de la recordada Interbolsa, las cosas parece que no han cambiado mucho en algunas esferas de una clase alta que le pasa por encima al sistema en general para acumular capital pero que no se salen con la suya.

Pero aterricemos una experiencia mucho más responsable, fundada bajo la fortaleza y solidez que deben suscitar las operaciones financieras. Colombia es receptor de inversión extranjera en el sector financiero desde tiempo de antaño.

“El primer banco comercial en el país fue el Banco de Londres, México y Suramérica, de propiedad inglesa, cuya sucursal en Bogotá fue establecida en 1846. A pesar del prestigio que tenía por ser un banco británico, los colombianos pronto empezaron a desconfiar de la sucursal de Bogotá, porque había adquirido muchas malas deudas. El Banco también sufrió porque sus negocios giraban alrededor de las exportaciones de tabaco de las provincias del interior, y este tabaco sufrió rápido descenso en el mercado de Bremen entre 1864 y 1868. Al siguiente año la sucursal del banco británico en Bogotá fue liquidada”. (Safford, 1977)

Pero lastimosamente su experiencia no fue del todo buena, al parecer por una medición errónea del riesgo de sus deudas, su dependencia de un sector sujeto de un precio internacional  es muestra de su mala administración local y no de un problema de la matriz en Londres. Y aunque no se tiene conocimiento en qué proporción era la administración local y extranjera si es evidente que ni siquiera el prestigioso Banco de Londres que luego le dio paso a importantes instituciones en la actual Inglaterra y en Estados Unidos pudo echar raíces en un país desafortunadamente atrasado desde el punto de vista técnico.

Pero afortunadamente el empuje de una nación en constante cambio, con sus errores y defectos como lo es Colombia siempre renace de las cenizas, nunca perdemos la esperanza con muchas muestras que forjaron nuestra nación. Y encontré varios ejemplos de ese empuje e iniciativa de los colombianos que dan esperanza, es motivo de orgullo y además, motivación constante.

La mayor parte de los productos de exportación colombianos fueron desarrollados por nacionales sin notoria asistencia foránea. Los bogotanos tomaron la iniciativa del cultivo de añil en los sesentas. Los colombianos de las provincias de oriente fueron también los únicos responsables de la producción y exportación de sombreros de paja, especialmente a las islas del caribe y a los Estados Unidos. Los bogotanos también trataron con algún éxito desarrollar la exportación de cueros de res y de productos vegetales, como marfil vegetal, productos medicinales (zarzaparrilla, ipecacuana, etc.) y una vasta variedad de maderas colorantes”. (Safford, 1977)

Debo anotar que las conclusiones son evidentes al culto lector que desea buscar en estas palabras una orientación histórica sobre el desarrollo empresarial y del capital y su valor en el siglo XIX.  Invoco de nuevo mis preguntas iniciales y concluyó, la estructura empresarial de la época era una basada en las haciendas y las pocas incursiones industriales se ubicaban cerca a unas ciudades donde se tenían comodidades técnicas  y un mercado en crecimiento siempre pensando en pequeño pues las ciudades de la época no son las extensas e imponentes urbes actuales, eran pequeñas concentraciones urbanas de algunos miles de personas.

Los extranjeros, como pudimos evidenciar fueron muy importantes para los triunfos y fracasos de la vida empresarial de la nación, a muchos son estos mismos extranjeros los que aún nos enseñan cómo hacer las cosas pero sin aire de superioridad sino con un espíritu comprometido en función del desarrollo del país. Son estos extranjeros los que con inventiva, motivación y algo de capital crearon empleo y riqueza pero a la larga, también víctimas de un país muy débil políticamente y terminaron pagando cara su inexperiencia, su excesiva confianza y hasta el atraso técnico del que en ocasiones aún somos víctimas.

La misma falta de estabilidad política y social que conlleva a una estabilización macroeconómica medianamente buena para el prosperar del capitalismo impidió que la industrialización llegará con sus beneficios y retos. Las empresas nacionales tampoco generaron ese empuje o cambio de pensamiento en pequeño, limitado o en la falta de inventiva en hacer las cosas más eficientes. Sin embargo nuestro país ha aprendido de esos errores en la medida del tiempo que han presentado retos muy duros para nuestra economía.

Ahora contamos con una estructura empresarial más amplia con algunas verdaderas multilatinas con presencia regional muy importante, un sistema financiero sólido que atravesó una reestructuración agresiva a principios de este siglo solamente por nombrar un par de casos. Estructura empresarial y generación de riqueza que dio paso a importantes e inolvidables cacaos empresariales, a inusuales y adelantados gurús de la economía y por supuesto a imponentes y característicos caciques sociales, algunos en la política, otros herederos, pero al fin de cuentas, una clase alta dueña del poder que tenían su forma de actuar pero que no se diferencian mucho de los actuales concentradores de bienes de producción y decisión. La historia seguirá escribiéndose.


Referencias
Iriarte, A. (1999). Ojos sobre Bogotá. Bogota: U. Jorge Tadeo Lozano.
Safford, F. (1977). Aspectos del siglo XIX en Colombia . Medellín: Hombre Nuevo.


Erik Martínez Rodríguez
Estudiante de Negocios Internacionales y Economía
Universidad Santo Tomás
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Las opiniones expresadas en esta sección son de exclusiva responsabilidad del autor y no reflejan, necesariamente, los puntos de vista de la Universidad Santo Tomás.
ARTE-FACTO. Revista de Estudiantes de Humanidades
ISNN 2463-2309 julio-septiembre 2017 No. 3