De nuevo en la carretera

Jaime Andrés Durán Lamprea*

Abro mis ojos y como de costumbre reviso la hora en el celular, son las tres y once de la mañana de un viernes cualquiera, en medio de una pandemia mundial que parece no tener fin. Intento cerrar mis ojos para descansar un poco más, pero después de vueltas y vueltas tratando de encontrar la posición perfecta para conciliar el sueño de nuevo me doy cuenta que no lo lograré, intento fallido. Tomo mi teléfono y sin interés alguno, deslizo mi dedo por la pantalla una y otra vez mientras reviso las redes, esto con un solo fin; que amanezca pronto.

Suena la alarma de las cinco treinta, es hora de levantarme, de inmediato tiendo la cama y me doy un baño, luego de esto me tomo un café y rápidamente me alisto para salir a trotar un poco, esto para calmar un poco la ansiedad que ha producido en mí estos largos meses de encierro. Llego a la casa faltando quince para las ocho, tiempo perfecto para bañarme de nuevo y arreglarme para entrar a clase. Aburrido y sintiéndome vacío decido salirme de clase antes de que se termine, no puedo más. Sabía muy bien lo que me estaba pasando y la decisión estaba en mis manos, había dos opciones, seguir respetando el aislamiento preventivo o tomar el riesgo y seguir mi vida. Solo había una cosa que podía calmar este deseo intenso de sentirme vivo de nuevo, después de muchos meses de solo recordarlo; mañana se acaba esta tortura, mañana volveré a la carretera.

Ya con otro semblante comienzan todos los preparativos, pero sabía muy bien que este viaje tendría que ser diferente, sin importar la ruta o el destino tenía que pasar al siguiente nivel y convertirlo en algo especial. Para ello decidí aumentar mi espíritu viajero y no almorzar en algún restaurante como de costumbre, si no por el contrario, buscaría el lugar perfecto para cocinar en algún tramo de la ruta. Aproveché la tarde para alistar la moto y comprar los alimentos que utilizaría para preparar el almuerzo al día siguiente. Al llegar a casa, empaque lo que utilizaría durante el viaje, aliste el outfit perfecto para la carretera e inmediatamente me acosté, con los ojos cerrándose solos y a punto de caer imaginaba todo, el escenario, la comida; la sensación era inigualable, nada podía salir mal.

Al día siguiente despierto ansioso, pero a la vez con cierta tranquilidad ya que había llegado el gran día, sería el reencuentro perfecto después de casi 7 meses de encierro. Mientras me alistaba, le conté a mi hermano sobre el viaje y le pregunté si quería acompañarme, a lo que él me contestó que sí con gran emoción. De inmediato se levantó de la cama, tomó un baño y se cambió. En comparación con otros viajes salimos algo tarde, tipo seis y media de la mañana, pero tampoco ameritaba salir más temprano ya que en este viaje solo visitaríamos algunos pueblos de Cundinamarca; entre ellos San Francisco, La Vega, Tobia, Nocaima y terminaríamos en Villeta. Durante el trayecto de la salida de Bogotá por la calle 80 hasta el alto del vino, las vías estuvieron algo congestionadas, ya que había un carril habilitado para ciclistas y amateurs que se reúnen los fines de semana para rodar un poco por la sabana.

En el descenso de la montaña comenzó realmente el viaje, todos los sentimientos que de cierta manera estaban opacando mi felicidad comenzaron a desaparecer, sentir como el clima cambiaba poco a poco y la calidad del aire mejoraba notoriamente causó gran tranquilidad en mí y fue allí donde hice gran conexión con mi moto y juntos nos comimos la carretera; en cada recta aceleraba a fondo y en cada curva me acostaba al tope, en ese momento no pensaba desaprovechar ni un segundo esa única e inigualable sensación de excitación, que al pasar de los kilómetros aumentaba en mí. Nuestro paso por cada pueblo fue rápido, dos vueltas por la plaza principal, un par de fotos en cada una, y seguíamos nuestro camino. Sin embargo, el poco tiempo en cada parada basto para observar como cientos de comerciantes se han reventado, ver la cantidad de negocios que han tenido que cerrar sus puertas porque lo dieron todo y sin embargo no fue suficiente, causó en nosotros algo de nostalgia, pero a su vez gran agradecimiento con la vida porque a pesar de todo no fue un mal año para nosotros, ni para los nuestros.

Luego de finalizar con el itinerario previsto, era momento de encontrar el lugar idóneo para hacer nuestro refugio y preparar el almuerzo. Subiendo de Villeta a la Vega encontramos un caserío llamado Tobia Chica, que hace parte de Nocaima, pero curiosamente está debajo de la montaña y cruzando la carretera. En él encontramos un río lleno de turistas, era el lugar perfecto para refrescarnos un poco y prender fuego sin preocuparnos de que se nos saliera de las manos. Parqueamos la moto en un restaurante cercano y bajamos al río, justo en la orilla nos cambiamos, guardamos todo en el bolso y atravesamos el río para llegar a la otra orilla, allí nos subimos a un árbol y amarramos los cascos y la maleta, esto para evitar ser víctimas de un robo. Sin nada que nos atara, entramos al río, estuvimos dentro aproximadamente dos horas, tiempo más que suficiente para refrescarnos, descansar y dar un par de saltos desde el peñón que bordea al río. Ya con algo de hambre decidimos bajar nuestras cosas del árbol, después fuimos en busca de palos secos por los senderos de la montaña y luego nos adentrarnos un poco hacia un brazo del río con poca agua, allí desempaqué la materia prima y acomodé varias piedras que servirían como base para el fuego y otras para sentarnos a esperar mientras se hacía la magia.

Prendimos el fuego y de inmediato puse un pequeño sartén de hierro fundido que había esperado su debut desde hace un par de años de ser comprado para alguna salida como esta. Mientras Iván cortaba un par de cebollas moradas de una manera algo rústica y arrojaba al mismo, yo preparaba una cama de sal gruesa sobre un trapo blanco previamente remojado en vino tinto, el cual envolvería un tierno lomo de res y se amarraría con algo pita, de esa con la que algún día rodamos trompo, para luego ser arrojado directamente a las llamas. En el sartén caramelizamos las cebollas con algunos aromáticos, un poco del vino tinto y azúcar moreno. La experiencia era única y solo bastaron quince minutos por lado y lado del lomo para que el trapo estuviese totalmente rostizado y solo al tacto pudiera saber que estaba en su punto ideal. Como de costumbre lo deje reposar diez minutos, esto para que sus jugos internos se redistribuyeran por toda la pieza después de su cocción. Mientras, abrimos al medio dos panes brioche de buen tamaño y tostamos sobre las brasas, por último, cortamos el lomo en rodajas y armamos unos buenos sándwiches, que por primera vez disfrutaríamos en medio de la naturaleza.

Como a las cuatro de la tarde decidimos regresar a casa, así que apagamos la poca brasa que quedaba con abundante agua, recogimos la basura dentro de una bolsa, guardamos en otra los utensilios que habíamos llevado para esta nueva aventura y acomodamos todo muy bien dentro de la maleta. Volvimos a amarrar nuestras botas y a cerrar chaquetas, recogimos la moto y tomamos carretera rumbo a Bogotá. Era inevitable borrar esa sonrisa de mi rostro y mucho más ese momento de felicidad absoluta, ¡había sido un día perfecto!

Solo queda agradecerte 2020, porque nos has enseñado a las malas que la vida es muy corta y muchas veces dejamos de hacer lo que realmente nos apasiona, por miedos o inseguridades, pero a partir de aquí no quiero dejar pasar mi vida sin cumplir cada uno de esos sueños que de noche me desvelan. Para muchos la carretera solo es un largo tramo de concreto que conecta distintos destinos, para mí y como para muchos locos más, en algún momento de mi vida será mi hogar. Aún queda mucho por rodar.

Jaime Andrés Durán Lamprea*
Estudiante de Ingeniería Industrial
Universidad Santo Tomás

Las opiniones expresadas en esta sección son de exclusiva responsabilidad del autor y
no reflejan, necesariamente, los puntos de vista de la Universidad Santo Tomás.
ARTE-FACTO Revista de Estudiantes de Humanidades. ISSN 2619-421X (en línea) enero de 2021 No. 17

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