
Juan Esteban Ortiz Álvarez*
Cuando William Ospina publico la obra ¿Dónde está la franja amarilla? En 1997, el análisis que se convirtió en la advertencia de que los males han acompañado a Colombia desde sus orígenes: la simulación, la falta de carácter, la corrupción y también la ausencia de un proyecto nacional. Ya a la fecha de hoy tres décadas después sigue existiendo una pregunta demasiado cuestionable: ¿ha cambiado Colombia desde entonces?, mi respuesta desde una visión conservadora que defiende el orden, las instituciones y la autoridad como los pilares de la vida social, cuando los cambios han sido superficiales y que la esencia de los problemas señalados por Ospina sigue siendo intacta.
El autor describe un estado bastante contradictorio, omnipresente que es para garantizar los privilegios y ausente para poder cumplir con sus funciones esenciales. Esta crítica es contundente.
“Del estado colombiano se puede decir que presenta dos características absolutamente contradictorias. Esto es: esto es un estado que no existe absoluto, y es un estado que existe infinitamente. Si se trata de cumplir con las funciones que universalmente les corresponden a los estados: brindar seguridad social, brindar la protección al ciudadano, garantizar la salud, la educación, el aseo público, la igualdad ante la ley, el trabajo, la dignidad de los individuos, reconocer los méritos y castigar las culpas, el estado no existe en lo absoluto. Pero si se trata de las cosas ruines: saquear el tesoro público, atropellar a la ciudadanía, perseguir a los vendedores ambulantes, desalojar a los indigentes, lucrarse de los bienes de la comunidad y sobre todo garantizar privilegios, el estado existe infinitamente”.
Afirmando esto sigue vigente. El problema no es la falta de normas, sino la incapacidad de hacerlas cumplir. Desde una perspectiva de derecha, la solución no está en seguir con la burocracia ni con los discursos populistas, si no de que se debe fortalecer la autoridad, también de garantizar la aplicación estricta de la ley y de recuperar la cultura del mérito. Un estado de que no se castiga la corrupción y que sigue permitiendo la impunidad no puede generar la confianza ni el orden.
Ospina también señala de que la transformación del país depende de la sociedad, no del estado, y de que es urgente abandonar la simulación y asumir con dignidad como el principio de que lo expresa con claridad.
“Solo cuando las grandes multitudes de este país, incluido los sectores dirigentes que sean capaces de cambiar su necedad por algo más inteligente y práctico, se llenen de la convicción de que el país sería mejor si nos dejáramos de imposturas, de simulaciones y de exclusiones; sólo cuando el país abatido y desconfiado se llene de la apasionada intensidad que hoy sólo tienen los que viven de la guerra y del caos, nos haremos dignos de un destino distinto, y podremos cambiar este coro de quejas inútiles que se oye en todas partes, por algo más alegre y fecundo”
Este llamado sigue siendo actual. Sin embargo, la respuesta social ha sido débil. Persisten la dependencia del Estado, la falta de responsabilidad individual y la cultura de la excusa. Desde esta visión de derecha, la verdadera revolución no consiste en destruir las instituciones, sino en exigir de que funcionen, en fortalecer la autoridad legítima y en promover ciudadanos que cumplan sus deberes antes de reclamar sus derechos.
Colombia ha cambiado en el discurso: de que se habla de inclusión, diversidad y modernización. Pero en la práctica, la corrupción, la violencia y la falta de carácter siguen siendo el pan de cada día. La franja amarilla que Ospina propone de como símbolo de esperanza no se ha materializado porque el país continúa atrapado en la improvisación y en la ausencia de orden. Mientras no se recupere el respeto por la ley y la autoridad, mientras no se entienda que la libertad exige responsabilidad, que seguiremos siendo una nación que simula la modernidad sin alcanzarla.
Como conclusión, la pregunta inicial se responde con una paradoja: hemos cambiado en lo superficial, pero no en lo esencial. En el ensayo de Ospina sigue siendo vigente porque los problemas que denuncia no se han resuelto. Desde una perspectiva de derecha, el camino para salir de esta crisis no es más retórica ni más concesiones, sino más carácter, más disciplina y más respeto por las instituciones. Solo así la franja amarilla dejará de ser una utopía y se convertirá en una realidad.
Juan Esteban Ortiz Álvarez*
Estudiante de Derecho
Universidad Santo Tomás
Las opiniones expresadas en esta sección son de exclusiva responsabilidad del autor y no reflejan, necesariamente, los puntos de vista de la Universidad Santo Tomás.
ARTE-FACTO- Revista de Estudiantes de Humanidades ISSN 2619-421X (en línea), enero-junio 2026 No. 33

