
Angie Bello S., Natali Cortes M., Darly Giraldo G. y Juan Santacruz O.*
Desde hace varios años la tecnología ha transformado profundamente la manera en que las personas se comunican, trabajan y construyen su identidad. Dentro de estos avances, la inteligencia artificial se ha convertido en una de las herramientas más influyentes de la actualidad, llegando incluso al campo de la salud mental y la psicología. Cada vez es más común que las personas recurran a chats automatizados o aplicaciones emocionales para expresar lo que sienten, buscar orientación o recibir apoyo inmediato. Sin embargo, este fenómeno también plantea una pregunta importante, ¿puede la inteligencia artificial reemplazar el trabajo terapéutico de un psicólogo?
A primera vista podría pensarse que la respuesta es no, debido a que no han sido pocos los casos en donde gracias al uso de una inteligencia artificial, una persona termina por tomar la decisión de quitarse la vida. Adam Raine fue un joven estadounidense de 16 años quien tras un tiempo de hablar con Chat GPT en el año 2025, se suicidó, de acuerdo con las investigaciones, el joven llevaba un tiempo hablando con este chatbot acerca de formas de suicidio, el impacto que podría tener en su familia y las consecuencias, en respuesta, la IA lo motivaba a seguir preguntando y avanzando con la decisión en lugar de limitar las respuestas y recomendarle consultar con un profesional de la salud. Sin embargo, culpar completamente de estos problemas a la inteligencia artificial es simplificar mucho el tema y en realidad para entender completamente el uso de esta herramienta es importante ver más allá de lo negativo y reconocer sus funciones en diversos campos.
En el caso de la psicología, cómo se ha venido mencionando, el uso de la IA debe verse más allá del tratamiento de pacientes, uno de los diferentes usos dentro del campo puede ser la gran utilidad que ofrece en cuanto a la grabación, almacenamiento y transcripción de grabaciones dentro de las entrevistas forenses. Este uso permite tener al alcance la información indispensable de manera mucho más eficiente y rápida, en comparación con cómo lo haría una persona de manera tradicional, es decir, escuchando el audio repetidamente y escribiendo lo escuchado. Además de lo anterior, otro de sus usos dentro de la psicología hacia el ámbito experimental, podría ser el cálculo de datos recolectados a través de pruebas psicométricas y/o encuestas, esto debido a que gracias a su base de código aritmético, la gran mayoría de inteligencias artificiales son capaces de agrupar, calcular y analizar datos de manera mucho más rápida, permitiendo que los cálculos que se hacían en días e incluso semanas, se puedan realizar en tan solo un par de minutos, reduciendo considerablemente la carga de trabajo hasta en 40% mejorando a su vez el tiempo en el que un psicólogo realiza investigaciones cuantitativas y cualitativas. Sin embargo, aunque estos avances evidencian que la inteligencia artificial puede convertirse en una herramienta de gran apoyo dentro de distintos procesos psicológicos, esto no significa que pueda sustituir el ejercicio clínico ni el proceso terapéutico en sí mismo.
Aunque la inteligencia artificial puede brindar información útil, organizar ideas y ofrecer herramientas de reflexión, la psicoterapia va mucho más allá de mantener una conversación coherente. La terapia implica vínculo, presencia humana, acompañamiento emocional y regulación afectiva. Un psicólogo no solo escucha palabras; también observa silencios, microexpresiones, lenguaje corporal, evasiones e incongruencias emocionales. Además, cuenta con la capacidad de confrontar cuidadosamente al paciente cuando este evita aquello que realmente le genera dolor. Todo esto forma parte de un proceso terapéutico vivo que difícilmente puede ser replicado por una máquina.
El ejercicio clínico implica responsabilidad ética, supervisión profesional, formación académica y evaluación constante del riesgo psicológico. Situaciones como la ideación suicida, el trauma complejo, los trastornos alimentarios o la disociación no pueden abordarse mediante respuestas automatizadas. No porque la inteligencia artificial sea “mala”, sino porque no está diseñada ni entrenada para sostener la complejidad emocional y clínica de un ser humano. Por esta razón, resulta importante entender la inteligencia artificial como una herramienta complementaria y no como un tratamiento psicológico en sí mismo.
Un ejemplo que evidencia estos límites es el caso de Sophie, una mujer de 29 años que aparentemente no mostraba señales claras de depresión, pero que durante meses habló sobre sus pensamientos suicidas con un chatbot de inteligencia artificial llamado Harry. Sophie no compartió estas ideas ni con su psicoterapeuta ni con su familia, posiblemente porque la máquina representaba un espacio donde no existía juicio, confrontación ni consecuencias. El chatbot respondía con ejercicios de respiración, recomendaciones de gratitud o sugerencias para buscar ayuda profesional. Aunque las respuestas eran técnicamente correctas, resultaban insuficientes frente a la gravedad de la situación. Meses después, Sophie se quitó la vida y su familia descubrió aquellas conversaciones. Este caso abrió un debate ético importante acerca de si estos sistemas debiesen detectar situaciones de riesgo extremo y reportarlas de alguna manera para proteger la vida de los usuarios (“ChatGPT, terapia y suicidio”, 2025).
Este tipo de situaciones demuestra que los psicoterapeutas humanos trabajan bajo códigos éticos y principios clínicos específicos. La confidencialidad, por ejemplo, tiene límites cuando existe riesgo de suicidio, homicidio o abuso. En cambio, muchos sistemas de inteligencia artificial todavía carecen de protocolos claros frente a estas situaciones. De hecho, investigadores han advertido que algunos chatbots pueden reforzar pensamientos delirantes, validar distorsiones cognitivas o brindar consejos inadecuados dependiendo de la interacción con el usuario (“ChatGPT, terapia y suicidio”, 2025).
Otro aspecto importante es el impacto psicológico que la inteligencia artificial puede generar en las relaciones humanas y en la construcción del pensamiento. Muchas plataformas funcionan utilizando información personal del usuario para responder de manera cada vez más complaciente y personalizada. Esto puede generar una especie de “narcisismo digital”, donde las personas terminan interactuando constantemente con versiones algorítmicas que refuerzan sus propias ideas y emociones en lugar de confrontarlas o cuestionarlas. En cierto sentido, el usuario habla con un espejo que le devuelve exactamente aquello que quiere escuchar. Como consecuencia, se fortalecen sesgos de confirmación y se debilita la capacidad de tolerar opiniones distintas, debates o confrontaciones reales con otros seres humanos.
La inteligencia artificial no solo está cambiando el trabajo o la educación, sino también está modificando la manera en que pensamos y nos relacionamos. Actualmente algunos investigadores incluso plantean la existencia de una nueva área llamada “ciencia psicológica de la inteligencia artificial”, enfocada en estudiar cómo estas tecnologías moldean los procesos mentales y conductuales de las personas. Este enfoque propone analizar cómo la psicología puede contribuir al diseño ético de la inteligencia artificial, cómo las personas interactúan emocionalmente con estas herramientas y cómo estas tecnologías transforman la investigación psicológica misma. La idea central es que la inteligencia artificial no solo refleja la mente humana, sino que también la modifica constantemente (Yan & Zhang, 2025).
Sin embargo, también es importante comprender por qué muchas personas recurren a estas herramientas digitales. Desde la psicología clínica resulta evidente que acceder a atención en salud mental no siempre es sencillo. En muchos casos las EPS presentan largas demoras, los costos de la atención particular son elevados y muchas personas han tenido experiencias negativas con profesionales anteriores. Además, el estigma alrededor de la salud mental todavía persiste. Dentro de ese vacío aparece la inteligencia artificial como un recurso accesible, inmediato y aparentemente seguro para expresar emociones. Este fenómeno no debe juzgarse de manera simplista, sino entenderse desde las necesidades reales de las personas.
En conclusión, el uso de la inteligencia artificial y de aplicaciones emocionales expone la necesidad que presentan muchas personas de querer encontrar espacios seguros que atiendan de manera inmediata sus necesidades emocionales. Sin embargo, estas herramientas no logran garantizar ni cubrir una atención adecuada frente a aquellas problemáticas ligadas a la salud mental. La relación emergente entre el campo de la psicología y la inteligencia artificial deja en evidencia nuevos desafíos para aquellos profesionales que se mueven dentro de las problemáticas pertenecientes a la salud mental, ya que se ven comprometidos a adaptarse a un contexto tecnológico nuevo, procurando no perder la importancia de la ética profesional y de las relaciones humanas. Por ello, aunque la inteligencia artificial puede ser una herramienta útil y eficiente como complemento en algunos procesos psicológicos, es importante entender que debe estar mediada por límites éticos que aseguren un uso responsable de esta, reconociendo que no puede llegar a usarse como un reemplazo de los profesionales de la salud mental.
Referencias
Reiley, L. (2025, agosto 18). Mi hija habló con ChatGPT antes de quitarse la vida. The New York Times en Español. https://www.nytimes.com/es/2025/08/18/espanol/opinion/chat-gpt-terapia-suicidio.html Limón, R. (2025, noviembre 27). Los responsables de ChatGPT culpan a un adolescente de su suicidio por hacer un “mal uso” de la IA. EL PAÍS.
https://elpais.com/tecnologia/2025-11-27/los-responsables-de-chatgpt-culpan-a-un-adolescente-de-su-suicidio-por-hacer-un-mal-uso-de-la-ia.html
Yan, Z., & Zhang, R.-Y. (2025). The psychological science of artificial intelligence: A rapidly emerging field of psychology. ResearchGate.
https://www.researchgate.net/publication/400119055_The_Psychological_Science_of_Artific ial_Intelligence_A_Rapidly_Emerging_Field_of_Psychology
Angie Bello S., Natali Cortes M., Darly Giraldo G. y Juan Santacruz O.*
Estudiantes de Psicología
Universidad Santo Tomás
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ARTE-FACTO- Revista de Estudiantes de Humanidades ISSN 2619-421X (en línea), enero-junio 2026 No. 33

