Laura María Urbano Feo*

El arte de la música ha estado presente en la vida de los seres humanos desde tiempos inmemoriales. Hoy en medio de incontables melodías sin sentido ni rumbo, la música se sumerge en el gran mar de la ostentosidad y la superficialidad. Tristemente, han quedado en el olvido aquellas letras poéticas, que, en compañía de notas inspiradoras, armonizaban con cada compás memorias de vida y sentimientos puros de corazón. Junto con esto, la dedicación y la honestidad han perdido la batalla contra el ilusionismo y el deslumbramiento que se halla en la frivolidad de los espectáculos. Así, se alimenta el alma de la ligereza presente en canciones con elementos disonantes, que al buscar desesperadamente la fama, dejan completamente de lado el ocio y la vitalidad que debería representar y brindar la música.

Carlos Alberto Marroquín Mendoza*

El dolor, aquella sensación que nos cava el alma y a su vez en su ausencia podemos probar un trozo del pastel de la alegría, era una noche más en la vida de Azucena, una persona distinguida por su trabajo duro y perseverancia, que venía de una crianza bastante difícil pero que a la vez estaba experimentando el camino por ser madre, acompañada por su esposo Édgar que pese a estar siempre responsable y en constante lucha por el futuro de su familia, también se enfrentaba a bastantes demonios internos.

María Camila Sarmiento Bolívar*

Esto ocurre en Loretia, un país dominado por un gobierno totalitario con "El Observador" al mando, que mantiene en constante vigilancia a sus habitantes e incluso, insiste en espiar sus pensamientos para mantener el orden.

Santiago David Cadena Rojas*

En la vida las cosas van y vienen, el ciclo del vivir siempre llega a su fin, pero no se sabe a ciencia cierta cuándo será ese óbito, cuándo será el último día en que estemos con nuestros seres queridos compartiendo, riendo o llorando. La repentina muerte llega sin avisar, a ella no le importan las cosas que cada quien sienta; esta es la historia de muchos, particularmente la de “Lola”. Era una tarde calurosa en Medellín, capital de Antioquia, cuando ella, una trabajadora del común, quería distraerse y despejar su mente del trajín de todos los días, de estar siempre ocupada y no poder dedicarle más tiempo a su hijo Carlos Andrés Henao, y decide así planear un paseo a algún lugar cerca de donde vivían.

María Fernanda Gualteros Posada*

La alarma sonó justo cuando estaba a punto de encontrar la cura a una extraña enfermedad que en mis sueños acongojaba a la sociedad, aún sin abrir mis ojos mi mano tanteó debajo de la almohada hasta encontrar el celular y, abriendo un ojo, desactivé el insoportable sonido. Me disponía a seguir durmiendo cómodamente y con suerte seguir la misma línea de sueño; sin embargo, recordé en ese instante que era 22 de Julio, la inducción a la universidad apareció como por arte de magia en mi aún nublado pensamiento. Poco a poco y de mal humor me levanté de mi tibia cama, eran las 7:10 am, agarré mi toalla y cuando pensaba salir del cuarto a causa de mis ojos entrecerrados choqué con la puerta, en verdad el día no podría estar peor, esta vez con mal humor tomé el pomo de la puerta con mi mano derecha, mientras que en la izquierda sostenía la toalla y mi celular; salí parsimoniosamente de mi cuarto al baño que por suerte quedaba justo al lado.

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