Daniel Rodríguez Gallego*

Mi gato era un secreto. Era un viciado por el escapismo y la prestidigitación. Objeto de su suplica brincaba por entre los arrabales de mi desorden. Otras veces, en ejercicio de su naturaleza me atacaba. Desmadejado y al tiempo raudo desentrañaba mi oscuridad y la ponía en disposición al juicio, sus mecanismos eran fútiles y al tiempo crueles. Yo inquiría con golpes y patadas, lo desplazaba del dintel y lo escupía de las cobijas. Él respondía quedamente restregando su hocico en mi boca y reposando su trasero en mí pecho ¡realmente quedaba estropeado! Atribulado por mi indiferencia, nuevamente me traicionaba, se ponía de pie hinchado de egoísmo y sin miramientos el eunuco se sentaba en mi cara.

Juan Manuel Campuzano Vélez*

Como todo arte debe ser cultivado y cosechado
Fruto del tiempo, su pasar, su pesar y lo que dejo de lado
Con tanto color con que veía iluminado
Sin darme cuenta de cuantas luces he apagado.

David Ríos*

Las relaciones familiares tienden a definir en gran medida quienes somos. En el caso de Alison Bechdel no solo condicionaron su vida adulta, sino que además, afortunadamente para nosotros, desembocaron en un libro profundamente personal. 

Adrian Garabito de Los Santos*

A las 5:30 am, cuando suena el teléfono del apartamento con la noticia de que su padre ha muerto, Adrián, un chico de 19 años, de baja estatura, amante de las matemáticas y del deporte, y primer hijo varón de su padre, se encuentra profundamente dormido. Martí, que se había levantado más temprano de lo habitual a causa de un fuerte dolor de estómago que lo había atormentado toda la noche, logra escuchar el teléfono sonar y sin ningún ánimo baja hasta donde estaba y responde.

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